Testimonio de Miguel Conesa Andúgar

(✞9-11-2014)
“HE VISTO A DIOS EN UN HOMBRE”

Conocer a D. Dámaso fue para mí un verdadero don de Dios. Realmente fue providencial el que un seminarista mayor me llevase a conocerlo durante el curso introductorio, que me preparaba para entrar al Seminario Mayor de San Fulgencio. Podría decir con el apóstol San Juan eran las cuatro de la tarde, pues ese encuentro marcó mi vida.

Preguntaban a un viñador del Mâcnnais qué había visto en la aldea de Ars: “He visto a Dios en un hombre”. Esa ha sido mi experiencia al conocer y tratar íntimamente a D. Dámaso. Vi en él la luz de la verdad, por la coherencia entre lo que enseñaba y predicaba y lo que vivía.

Pronto pude descubrir en él una vida evangélica a lo San Juan de Ávila que ha iluminado mi vida, como la de tantos sacerdotes, seminaristas, religiosos y laicos de nuestra Diócesis de Cartagena. Don Dámaso ha sido en mi vocación sacerdotal una fuente de agua viva.

La alegría es uno de los frutos del Espíritu Santo que abundaban en el corazón de D. Dámaso. Nos transmitía la alegría de ser creyente y sacerdote. Siempre optimista, afable, alegre, incluso bromista. Solía repetir aquello de Santa Teresa: “Un santo triste, es un triste santo”.

Cuanto nos recordaba la importancia de las tres efes: “Si eres fiel, serás feliz y serás fecundo”. De la fidelidad a la voluntad de Dios en nuestra vocación depende nuestra felicidad y la fecundidad de nuestra vida.

Y “Por el bautismo santo y apóstol”, no nos podemos conformar con menos. Todo parte del bautismo, donde recibiste el don de la filiación divina y la semilla de la gracia que ha de dar frutos de verdadera caridad. La tensión hacia lo alto, el deseo ardiente de santidad es fuente de alegría.

Es necesario adquirir ideas claras y vivir una vida consecuente con esos principios. Para ello hemos de acudir a las fuentes seguras: la Palabra de Dios, el magisterio de la Iglesia, los santos Padres y los grandes maestros de la espiritualidad cristiana y nuestros amigos los santos.

Nos insistía en una dirección espiritual libre, constante, seria, transparente… Allí el Espíritu Santo trabaja el alma por mediación del sacerdote, que actúa en un lenguaje agrícola: regando, abonando, arando, podando… para que el árbol de fruto bueno. ¡Bendito labrador!

¡Cuantas visitas semanalmente a la casa sacerdotal!, que fueron renovando completamente mi vida cristiana, suscitando en mí deseos de santidad. Sabía aunar la caridad y la exigencia en las correcciones, sin duda necesarias para mi crecimiento personal. Su casa era mi casa, su capacidad de escuchar era oxígeno para mi alma, impresionante su consejo prudente y acertado y su capacidad de sondear lo profundo del alma, invitando siempre a una entrega sin mediocridades el Señor Jesús.

El día de mi Consagración a la Señora me dijo:

Dios te dice hoy: esta es mi hija amada: ¡escúchala! María sólo tiene una esclavitud. Dios. Como San Juan debes ser otro apóstol Virgen que acojas con todo el amor de mi alma a la Virgen en tu vida. Y así todo sería purificado, todo sería del agrado de Dios”.

Y mi primer verano como seminarista mayor me escribía:

“Querido Miguel: A un seminarista, le escribía yo hace años: En verano se calientan los cuerpos, pero se enfrían las almas. Por eso en estos días de vacaciones hay que seguir “calentando el alma” con más oración, con más control de la voluntad, en contacto con seminaristas que te ayuden a ser santo, y procura contagiar alegría con todas las personas con que te relaciones.

Hasta finales de mes si Dios quiere. Ruega por mí. Dámaso. Pbro” (18-7-1997).

Inolvidables las convivencias y los días que en verano pasaba con él.

¡Cuánto me ayudaron a madurar y a crecer espiritualmente!

Al llegar a mi diaconado recuerdo con emoción cómo tan mayor, un 16 de diciembre fue a la celebración y me revistió con la estola cruzada y la dalmática, aquél que todas las semanas me revestía de la gracia en el sacramento de la penitencia.

Mi pueblo con gran generosidad y esfuerzo, con donativos de todos, me regaló el cáliz y la patena de la ordenación y al bendecirlos, me dijo D. Dámaso: “lo santo para los santos”. “Trata santamente lo que estos vasos sagrados van a contener y celebra cada Misa Como si fuera tu Primera Misa, tu última Misa, Tu única Misa”.

Y en mi Ordenación sacerdotal con un calor sofocante, en pleno mes de julio de 2003, acudió puntual a la cita, en mi querida Parroquia de San Pedro apóstol y Ntra. Sra. del Carmen de Espinardo, para revestirme al modo presbiteral, aquél que en la dirección espiritual había luchado incansablemente por formar en mí otro Cristo, arduo trabajo por el que sigo luchando cada día.

Fue para mí un momento de dolor y sorpresa, el oírle decir en la cama del Hospital el 16 de agosto de 2003: “Miguel, me voy”, ¿a dónde? al cielo, “mi pasado, mi presente y mi futuro están en manos de Dios que me ama” y pedirme que le diera la Unción de los enfermos, me temblaban las piernas, pero ¿cómo? ¿yo? ¡que impresión!

Fue mi primera Unción, con que paz y atención siguió la celebración, ¡Nunca lo olvidaré!

Y finalmente la noche de su muerte el 27 de agosto de 2003, me tocó el turno como otras noches a otros sacerdotes amigos, junto a José Iborra, estar presente en su transito a la Casa del Padre y de la Madre. Sobre las tres de la madrugada salía de este mundo “aquella alma piadosa y bendita”.

Concluyo con su recomendación de vivir siempre unido a la Virgen María, me la escribió un día de San Miguel para felicitarme:

“Miguel: Antes de que tus labios entonen o recen el gloria al Padre, que tu corazón y tu vida con María, sea un himno constante de gloria a la Santísima Trinidad, que mora en ti… canta y camina…. Canta al Padre con tu vivir cristiano y camina avanzando en santidad por los caminos de tu vocación sacerdotal: canta y camina. Dámaso. Pbro.”