Laura Caballero

“Queriendo tomar en serio la llamada que el Señor nos hace a la santidad, buscamos ayuda y consejo”
 
Han sido muchos los que ya han dado su testimonio sobre don Dámaso. Personas que han tenido una relación personal y espiritual con este santo sacerdote. Yo me voy a atrever a decir algo, aunque no tuve el privilegio de hablar nunca con él, pero si me han llegado los ecos y efectos de su labor como sacerdote.

Conocí a don Dámaso en la primera misa de mi hermano Juan Matías, el cinco de junio de mil novecientos sesenta y nueve, que fue él quien predicó en ésta. Tuvo lugar en mi pueblo natal, Bullas, en la parroquia de Ntra. Sra. del Rosario. Fue éste un detalle en el que demostró el gran aprecio e interés que tenia por acompañar a los sacerdotes, no sólo en la constante ayuda de la dirección espiritual, sino también estando presente en los momentos importantes de su vida en el seguimiento de Cristo.

Muchos años después supe que mi hermano lo siguió visitando con frecuencia en sus primeros años de sacerdocio, sabiendo que eran una gran ayuda sus sabios y santos consejos.

En octubre de 1981, mi hermano, atendiendo la llamada que Dios le hacía por medio de sus compañeros sacerdotes, que estaban en Honduras, y que lo necesitaban en la misión que habían iniciado hacía poco tiempo, allá fue a reforzar el equipo en el que se le presentaba una amplia labor misionera por realizar.

Yo, en ese tiempo, aprovechaba las vacaciones de verano (entonces ejercía de maestra) para irme y acompañar a mi hermano. No le venía mal mi compañía y el que le pusiese orden en sus ropas, papeles… Era entre estos donde encontraba las numerosas cartas y hojas impresas que, con frecuencia, le mandaba D. Dámaso con sus valiosos consejos, con el fin de que no le faltase su ayuda espiritual a pesar de la distancia.

Hasta este tiempo, ése era el conocimiento que yo tenía de la labor continua y callada de D. Dámaso en la vida de los seminaristas y sacerdotes y su interés, sobre todo por los más jóvenes, sabedor de que son las plantas más tiernas las que hay que cuidar con mayor dedicación, porque están más expuestas.

En muchas ocasiones he oído hablar y elogiar su labor. Esto no es extraño viviendo en Yecla, donde él dejó, no sólo un grato recuerdo sino también los frutos de su labor apostólica como párroco de la basílica de la Purísima, cargo que ejerció durante diez años aproximadamente.

Ha sido sobre todo después de su muerte cuando me ha llegado más la influencia de su labor por medio de sacerdotes que han tenido la fortuna de beber directamente de su espiritualidad. Los sabios consejos que él les daba y que buscan hacerlos vida en su labor pastoral son una gran ayuda para ellos y para los fieles que, queriendo tomar en serio la llamada que el Señor nos hace a la santidad, buscamos ayuda y consejo.

Sería difícil hablar de D. Dámaso sin resaltar la gran importancia que él daba a la vida de oración, de unión con Dios, sabedor de que si el sarmiento no permanece unido a la vid es imposible que dé fruto. Por eso, aún en medio de la mayor actividad, lo primero es la oración, nunca restarle tiempo. Esto lo defendía con la frase: “Deja todo por la oración y no habrás dejado nada, sino que habrás dado vida a todo”. Esta actitud rebate el activismo en el que, por desgracia, tantas veces se cae dentro de la Iglesia y de los grupos de apostolado, y comprobamos cómo tantas veces la labor queda sin fruto, sin continuidad porque falta lo principal: el espíritu.

Esta unión con Dios junto con una entrañable y filial devoción a la santísima Virgen, a la Señora fueron la sólida base donde asentó su vida sacerdotal de entrega y servicio a la Iglesia y así lo trasmitía a quienes estaban bajo su influencia espiritual.

Ciertamente, D. Dámaso centró su ayuda y acompañamiento espiritual en los sacerdotes y seminaristas, pues sabía lo importante y necesario que es para aquellos que están o estarán al frente de una parroquia, que su misión esté bien fundamentada en Dios y pueda cuidar y orientar en la vida de fe a las almas que el Señor les confíe.

La Iglesia, como cuerpo vivo de Cristo, lucha y camina hacia su encuentro. Y en este caminar hay dudas, luchas y momentos en los que se hace muy necesario encontrar esa compañía del pastor que anime, disipe dudas y oriente en este itinerario. Es evidente la importancia de no errar en este camino, en la búsqueda de la voluntad de Dios. Lo pone de manifiesto el interés que tiene el enemigo en sembrar la duda, la inquietud y quitar la paz de las almas que quieren tomarse en serio su vida de fe. Ya lo dice la Palabra de Dios: “Hijo, si te decides a servir al Señor, prepara tu corazón para la lucha” (Eclo 2, 1). Y, como nadie es buen juez en causa propia, de ahí la necesidad de buscar consejo en hombres de fe, puestos por Dios y por la Iglesia para guiarnos hasta Él.

Yo he tenido la fortuna de encontrar dentro de la Iglesia, en mi empeño por seguir la voluntad de Dios, sacerdotes que han recibido de don Dámaso el consejo, la dirección y la doctrina para vivir su vocación, poniéndose al servicio del pueblo a ellos confiado y buscando llevarlos a Dios.

He tenido la suerte de haber estado siempre en la Iglesia; en mi casa siempre hemos tenido a Dios presente y se ha intentado vivir según su Ley y su Evangelio. Mis padres nos trasmitieron la fe a mis hermanos y a mí, esa fe sencilla y auténtica que ellos vivían y en este ambiente descubrí mi vocación, el deseo de entregarme a Dios.

Sería largo de contar los avatares y tropiezos que me ha tocado vivir en mi deseo e intento por seguir al Señor y no es momento para entrar en detalles.

A lo largo de mi vida he podido ver que “Dios escribe derecho con renglones torcidos”, y si bien, en muchas ocasiones me ha sido fácil ver los “renglones torcidos de Dios”, me ha costado más poder ver la “escritura derecha”, pero Él lleva su obra adelante y pone en nuestro camino a la Iglesia y a sus pastores que nos dan luz para seguir al Señor y ver que nosotros nos podemos equivocar, pero Dios nunca se equivoca; que los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Que aunque seamos infieles, Él permanece fiel, y que “el que comenzó la obra buena, Él mismo la llevará a término”.

Aquí viene bien recordar otra de las frases de D. Dámaso: “Si eres fiel, serás feliz y tu vida será fecunda”. Esta felicidad y fecundidad no es como la entiende el mundo que, en su mentalidad, sólo cuentan los valores económicos y los placeres humanos.

Estoy muy agradecida a Dios porque siempre me ha cuidado y me ha mantenido dentro de su Iglesia, me ha alimentado con su Palabra y los sacramentos, y siempre me ha dado lo necesario para que no me alejara de Él, aunque los medios que ha empleado no hayan sido siempre de mi agrado, pero Él tiene su modo de obrar que, aunque no lo entendamos es lo que nos conviene. Como dice el profeta Isaías: “Mis caminos no son vuestros caminos…” (Is 55, 8-9)

Sirva este testimonio para agradecer a D. Dámaso su entrega y ayuda a tantos sacerdotes. De él me atrevo a decir que, a buen seguro, el Señor ya le habrá dado la recompensa prometida al siervo fiel y cumplidor. Y sobre todo, sirva para dar gracias a Dios que, en su plan de salvación, quiere contar con el ser humano, y también por habernos dado un corazón que sólo Él puede llenar.

Laura Caballero