La virtud de la esperanza

Por esta virtud teologal aspiramos a conseguir la vida eterna, nuestra máxima felicidad, con la seguridad de que contamos con todos los medios que el hombre necesita para alcanzarla. La virtud de la Esperanza corresponde al anhelo que hay en el corazón de cada hombre, de caminar con paso seguro a la casa del Padre.

Pertenecemos a una Iglesia peregrina; una Iglesia que camina a la luz de la Fe, pero apoyada en la fuerza del Espíritu para llegar, sin desviaciones, a conquistar el lugar que Cristo nos tiene ya preparado. Así lo vemos cuando el faraón le pregunta al anciano Patriarca Jacob, cuántos años tiene, y Jacob responde: “los años de mi peregrinación son 130”. (Gn 47,9)

-San Juan de la Cruz, en su Cántico de desbordante amor, nos da pistas luminosas para no desviarnos del camino:


“Buscando mis amores,
iré por esos montes y riberas,
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras”. (CA 3)

Para eso hay que cultivar con humildad y confianza todas las virtudes, hay que renunciar y superar todos los afectos desordenados (apetitos), hay que olvidarse de sí mismo, hay que abrazarse con la cruz de Cristo. Sin ir a coger flores, es decir, gustos sensibles, sino con amor puro.

Y con fortaleza; el humilde es valiente “porque se esconde en su propia nada, y sabe quedarse en Dios”, (dicho 179). Nada teme ni al mundo, ni al demonio, ni a la carne. Su fuerza es Dios. Como la Virgen María, que en la noche triste y oscura que precedió a la resurrección de su Hijo, esperó contra toda esperanza. Por eso la llamamos también Virgen de la Esperanza.

Juan XXIII decía que “El cansancio de los buenos” perjudica a la Iglesia, Cuerpo Místico. Estos son los que han perdido la esperanza, el estímulo y el interés de llegar a la meta.

Don Dámaso Eslava Alarcón
Sacerdote diocesano