Juan Antonio Gutiérrez

SALVADO EN LA ESPERANZA

Quisiera comenzar esta reflexión, acerca de D. Dámaso Eslava, considerándome indigno para su realización, pues pienso que son muchos los pasos que me quedan por dar, para poder llegar hasta donde se encuentra este fuego ardiendo en Dios. Aún así, poniéndome en la presencia del Espíritu Santo, y sabiendo de quién me he fiado, me gustaría expresar mi alegría por la oportunidad que se me da, desde mi pequeñez, para contarle al mundo la huella de este presbítero diocesano en mi vida.

Mi nombre es Juan Antonio y, aunque no tuve la oportunidad de conocer en vida a D. Dámaso en persona, siento que María me ha tomado de su mano para acercarme hasta sus escritos, recuerdos, orígenes, discípulos, etc. “María debe ser la fuente de nuestra alegría; ella, que fue la maestra en el servicio gozoso a los demás”, decía la Madre Teresa, quien a través de esta máxima me hace ver como de la Santísima Virgen emerge ese agua fresca, clara, pura, inmaculada… que da de beber a cuantos tienen sed.

Todos los sedientos estamos llamados a ir a las aguas, que van SALpicando, día a día, al mundo. D. Dámaso es sin duda un instrumento que ilumina a cuantos se acercan a él, pues son abundantes los frutos apreciables. Su incansable lucha por la santidad me da la esperanza de caminar hasta ella sin volver la vista atrás. Pero, ¿cuál es el camino a recorrer? Ese en el que sigamos a una Persona divina, orante, pobre, casto, obediente, perseverante… Un seguimiento en el Amor. Muchas veces podemos pensar que la meta de la santidad es una utopía, pero debemos sentirnos confiados en la espera de la que, según San Juan de Ávila, “sacaremos agua de la piedra dura, y del peñasco, miel”.

El conocimiento sobre D. Dámaso, me permite profundizar en la idea de un hombre de Dios en el mundo. Un hombre que, desde su vocación sacerdotal, dio un floreciente ejemplo de amor a la Iglesia y de comunión con la Santísima Trinidad. Este testimonio tiene que darnos mucho ánimo para aceptar, sin reparos, la invitación de Jesús: “ven y sígueme”.

En este camino de seguimiento, es necesario atender con generosidad a la petición de D. Dámaso: “buscad buenos maestros, maestros espirituales, que sepan indicaros la senda de la madurez, dejando lo ilusorio, lo llamativo y la mentira”. Gracias a su llama, hoy en día podemos encontrarnos con buenos maestros que, siguiendo el itinerario de D. Dámaso, nos enriquecen con un testimonio de entrega total. ¡Apeguémonos a las luces presentes en medio de este mundo!

En el Evangelio se nos dice “dad y se os dará”, una llamada clara a entregarnos a los demás; a dejarlo todo y a trabajar incansablemente, por amor, hacia los pobres de Jesús. Si analizamos más profundamente esta breve frase, nos podemos percatar de la intensidad de la misma. Pues el darnos contiene en sí, intrínsecamente, una respuesta muy esperanzadora: la salvación eterna, que es dada por el Señor. Esta ardua tarea la realizó muy generosamente D. Dámaso, por lo que quienes tenemos la gracia de ser sus discípulos, estamos llamados a una meta salvífica. ¡No tardemos en ponernos en camino! Está claro, tal y como señala nuestro Pastor Diocesano, que “esta es una aventura que supera las fuerzas humanas y necesitará la gracia de Dios”, por lo que el testimonio de D. Dámaso es en sí un mensaje de esperanza que me invita, nos invita, a la oración.

La oración es el medio más eficaz para encontrarnos personalmente con Dios. Las pautas marcadas por D. Dámaso suponen, también para mí, el poder darle un sentido coherente a mi vida de cristiano. Una vida en la que ha de primar el orden, en la que el centro es Aquel que pobre nació en un pesebre y entre ladrones fue crucificado.

Finalizando mi comentario con la frase del Siervo de Dios, D. Diego Hernández “y creo que no sólo puede ser santo, sino que lo será, porque Jesús le puso la semilla en el bautismo”, expreso mi sentir hacia D. Dámaso y muestro mi agradecimiento al Señor por las abundantes gracias que me ha concedido y concede a través de este servidor suyo.

Juan Antonio Gutiérrez