El Purgatorio es un dogma de fe

El Concilio de Trento hizo constar la realidad del Purgatorio y la utilidad de los sufragios, hechos en favor de las almas que en él se encuentran. La existencia del Purgatorio se prueba especulativamente por la santidad y la justicia de Dios.

La santidad de Dios exige que solamente las almas completamente purificadas sean recibidas en el Cielo (Ap 21,27). Su justicia reclama que se paguen los restos de pena todavía pendientes y, por otra parte, impide que las almas unidas en caridad con Dios sean arrojadas al Infierno.

Por eso hay que admitir la existencia de un estado intermedio, que “tenga por fin la purificación definitiva y sea por consiguiente de duración limitada”. (Sto. Tomás de Aquino)

En el Purgatorio se distingue, análoga al Infierno, una pena de daño y  otra de sentido.

La pena de daño consiste en la dilación temporal de la visión beatífica de Dios. Como ha percibido ya el juicio particular, el alma sabe que la exclusión es solamente temporal, y posee la certeza de que al fin conseguirá la bienaventuranza. Las almas del Purgatorio tienen conciencia de ser hijos y amigos de Dios y suspiran por unirse internamente con Él. De ahí que esa separación temporal sea para ellos tanto más dolorosa.

A la pena de daño, se añade -según doctrina general de los teólogos- la pena de sentido. Muchos teólogos modernos y Santos Padres, suponen la existencia de un fuego físico, como instrumento externo de castigo. Los Concilios, en sus declaraciones oficiales, solamente hablan de las penas del Purgatorio, no del fuego del Purgatorio.
 
Objeto de la Purificación:

En la vida futura la remisión de los pecados veniales todavía no perdonados, se efectúa –según doctrina de Sto. Tomás- de igual manera que en esta vida: por un acto de caridad perfecta realizado con la ayuda de la Gracia. Este acto de arrepentimiento, que se suscita inmediatamente después de entrar en el Purgatorio, no causa la supresión o aminoramiento de la pena (en la vida futura ya no hay posibilidad de merecer) sino únicamente la remisión de la culpa.

Las penas temporales debidas por las culpas, son cumplidas en el Purgatorio, por medio de la llamada “satisfacción” o sufrimiento expiatorio, es decir, por medio de la aceptación voluntaria de las penas purificativas impuestas por Dios.

La existencia del Purgatorio es reclamada por: 

La Divina Justicia: Dios, esencialmente justo y remunerador, ha de exigir la más exacta satisfacción de la culpa. Hay culpas veniales no satisfechas en esta vida. Hay reliquias de culpas mortales, como es la pena temporal, que con frecuencia no se perdonan en esta vida y cuya cuenta debe saldarse con exactitud.

La Divina Misericordia: como no puede entrar en el Cielo cosa que tenga la menor mancha (Ap 21,27) hay almas que no podrían ser glorificadas de no haber creado la Misericordia de Dios el Purgatorio, donde pueden purificarse con las penas y hasta recibir el auxilio de la intercesión de los bienaventurados y de nuestros sufragios.

La santidad de Dios: la Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén (Ap 21,1), reclama ciudadanos limpios, tales como si no hubiese pecado ni siquiera Adán. Todos han de estar conformados con la claridad e imagen de Cristo (Flp 3,21)

Nuestros sufragios por las almas del Purgatorio están reclamados por Dios mismo, que ama infinitamente a aquellas almas y desea ardientemente su entrada en el Cielo cuanto antes. Dios por su parte exige en ellas, con rigor de justicia, lo que deben y no pueden pagar con penas. Por consiguiente, ve complacido cómo su Misericordia llega abundantemente a ellas por medio de nuestros sufragios: la Santa Misa, el vía crucis, el rezo del rosario, las limosnas… ofrecidas por las propias almas del Purgatorio, que viven en necesidad verdaderamente extrema: por la acerbidad de sus penas, tanto de daño como de sentido, y por la amargura que les produce: la ofensa que infirieron a Dios. 

D. Dámaso Eslava Alarcón.