Ramiro Ginés Ciller Alemán

DONACIÓN SIN MEDIDA DE UN HOMBRE POR LA IGLESIA

La presencia de D. Dámaso en mi vida ha sido algo maravilloso, por él en gran parte soy lo que soy. Me llamo Ramiro, soy de San Antón de Murcia y tengo 22 años. Estoy en el seminario mayor de San Fulgencio de Murcia en quinto curso y, en mi vida, tuve la gracia de conocer la figura de D. Dámaso a la edad de trece años, cuando estaba en el seminario menor; no lo conocí directamente ya que él ya había muerto, pero sí conocí gran parte del legado espiritual gracias a un hijo espiritual suyo, D. Miguel Conesa que hoy se encuentra en el cielo junto a él, por lo que me considero un privilegiado, porque gracias a él he podido crecer a la luz de las ideas claras, a la luz de la verdad.

Lo que más me llama la atención de él es la manera de entregarse a todos sin medida: sacerdotes, seminaristas, religiosos, matrimonios, seglares… D. Dámaso estaba disponible para todos y esto es un ejemplo claro de lo que debe ser la vida del sacerdote y del seminarista, una total donación de sí a todos y por todos.

La vida de D. Dámaso no era suya, era del Señor y desde el Señor la entregaba a todos; muchos acudían a D. Dámaso y él atendía a todos, sin excepción

La ilusión de D. Dámaso por instaurar el reino de Dios en la tierra era cada vez mayor, de tal forma que una vez dijo que tenía mayor ilusión de trabajar por el reino de Dios (estaba casi en la última etapa de subida) que cuando era diácono. Esto es un claro ejemplo para mí de un enamoramiento progresivo de Cristo y de su iglesia, es un testimonio visible de como un sacerdote tiene que enamorarse cada día más de Jesucristo y de ir a más, nunca a menos, de ir avanzando, porque si nos quedamos parados en el camino de la santidad, sin duda que retrocederemos.

“Todo se lo debo a la iglesia, todo lo he recibido de la iglesia”. D. Dámaso también me ha enseñado a amar, a sentir a la Iglesia como mi madre, me ha enseñado a saber obedecerla a respetarla en sus decisiones y a entregarme a ella con radicalidad absoluta. Clara lección de esto es cuando él, junto con el siervo de Dios D. Diego Hernández, en el examen de oposición por una parroquia pusieron “ad voluntatem episcopi”. Esto es un testimonio hermoso de amor a la Iglesia, de confianza total en la Iglesia. Confiar toda tu vida a la Iglesia, a fin de que Jesús la rija por completo cuesta, pero, con su vida, me ha demostrado que es posible “darnos a la Santa Madre Iglesia de balde y con todo lo nuestro”, como solía decir citando san Manuel González.

Me ha enseñado D. Dámaso a tener una confianza total en Dios hasta en los momentos de más oscuridad, hasta en el fin de la vida: “mi pasado mi presente y mi futuro están en manos de Dios que me ama”. Estas palabras me ayudan a salir de mí mismo, a ponerme en manos del Señor y a despojarme de mí, de mis seguridades, de mis perímetros, porque mi vida entera está en manos de Dios que me ama, y si Dios me ama, lo demás ¿qué me ha de importar? “La providencia es escandalosa” repetía D. Dámaso, y esto lo he podido experimentar en mi vida con una grandeza tremenda, ya que el Señor me ha sorprendido cuando menos me lo esperaba.

“Ideas claras y una vida consecuente con estas”. Como gran maestro espiritual ha sabido interpretar a la perfección el Evangelio y esto es lo que nos ha inculcado, el deseo de vivir una vida cristiana fiel al cien por cien, nada de mediocridades. Si nos entregamos, nos entregamos por entero y hasta en final, nos entregamos sin medida y para los demás. D. Dámaso nos ha guiado por el sendero de la autenticidad cristiana, por el sendero de una vida veraz, una vida con Cristo, en Cristo y para Cristo, donde la mediocridad no tiene cabida.

“Vivamos en el seminario con espíritu martirial, henchidos de amor a Dios”, vivir la etapa del seminario ofreciendo los sufrimientos, sabiendo obedecer a los superiores… Éste es el estilo de seminario que me testimonia D. Dámaso: una etapa para morir a sí mismo, llegando al día de la ordenación pudiendo decir como San Pablo: “no soy yo, es Cristo quién vive en mí” (Ga 2,20). Realmente así es como D. Dámaso me ha enseñado a vivir el seminario.

“Seguir a un Jesús pobre, humilde, casto, virginal, abnegado…” sacerdote, alter Christi, sí, D. Dámaso decía que seguía a este Jesús, y el sacerdote es otro Cristo en la tierra… La lección que me ha dado D. Dámaso es que un sacerdote ha de ser lo que era Cristo, ha de vivir como vivió Cristo, ha de actuar como actuó Cristo. Sacerdotes entregados y fieles a la Iglesia. Éste es el camino sacerdotal que D. Dámaso proponía.

“No dejes un solo día sin oración, porque en la oración no pierdes nada y le das vida a todo”. La oración es lo más importante de todo el día, el encuentro con el amado, esto es en lo que más insistía, en la oración, la oración antes que nada, porque en ella es donde el corazón se queda abierto ante el Señor y es la que ha de regir tu vida, el encuentro diario con el Señor. La oración es la que nos hace tener las ideas claras por medio de la Palabra de Dios, la palabra de la Iglesia y la palabra de los santos padres y doctores. Mi experiencia confirma esta regla: lo primero la oración, porque desde esta óptica muchas cosas cambian.

Algo muy importante en la vida del sacerdote y del seminarista es no quedarse nunca solo, esto lo repetía D. Dámaso hasta la saciedad. La amistad fraternal entre sacerdotes es lo que verdaderamente salva en muchas ocasiones, el poder abrirte a un amigo, el poder desahogarte, pero sobre todo la dirección espiritual. Insistía en una dirección espiritual clara, transparente, sin escrúpulos, sin respetos humanos, con confianza total.

Y D. Dámaso, sobre todo, me ha inculcado un amor tremendo a María, a la Señora. María como modelo de cristiano perfecto, María como la dócil sierva del Señor. Él repetía, junto con el padre Diego, “que María sea el ascensor que te eleve a las alturas y sea la atmósfera que respires”. Realmente, D. Dámaso, tenía un amor especial a la Stma. Virgen y así lo hacía notar. Ella es el remedio de todos los males del cristiano, porque Ella es la perfecta cristiana y conoce el camino para llegar a serlo, por eso, qué mejor guía que Ella.

D. Dámaso ha sido el camino espiritual de mi vida, ha sido el sendero que el Señor ha puesto para que llegue a la santidad, a la que estamos llamados todos por el bautismo, como él decía: “por el bautismo santos y apóstoles”. Muchas gracias, D. Dámaso, por donarse a la Iglesia por completo, muchas gracias por gastar su vida por la Iglesia, por ser mártir por la Iglesia.