Francisco Javier Martínez Navarro

“La cruz tiene siempre una fuerza de purificación y de redención, que… nos hace apóstoles fecundos”

Dios, en su amor de Padre, me ha ido regalando durante toda mi vida medios adecuados para encontrarlo en cada momento de dificultad y durante mi crecimiento espiritual. De pequeño me acercó a Él con la fe de mis padres; más tarde, en mi preadolescencia, quiso que empezara a caminar en una comunidad neocatecumenal con jóvenes en mi parroquia, la Purísima de Yecla, y en estos últimos cuatro años me ha guiado con el ejemplo de Don Dámaso.

Es cierto que no le pude conocer personalmente, pero sí sé que su espíritu sigue vivo en aquellos que le conocieron, cuya experiencia del amor de Dios no se explica sin la influencia, testimonio y guía de este sacerdote. Así también me considero afortunado de participar del legado espiritual de Don Dámaso, que no es otro que el de vivir con intensidad la fe como hijo de Dios, hijo de María e hijo de la Iglesia.

Durante el recorrido de mi vida he ido viendo como Dios cada vez me pedía más y quería que me comprometiera más con Él. Para mí llegó un punto en el que esto se me atragantaba y no sabía cómo dar ese más a Jesús, como firmar ese cheque en blanco para que fuera Él quien llevase mi vida. Ante esta incapacidad me presentó el modelo de vida cristiana de Don Dámaso, el cual consiguió que conociera de forma más clara a Dios y sus planes.

Puede parecer que Don Dámaso tenía un gran secreto, un gran misterio, el cual le permitía unirse a Dios y saberlo todo, pero no. Lo que sigue llegando al paso de los años y lo que él mostraba a sus contemporáneos es la sencillez de Dios, la cual se reflejaba en un plan de vida que Él nos propone y que a mí, a día de hoy, me ayuda a encontrar a Dios mediante los tres pilares que sustentan este plan de vida: la oración, la dirección espiritual y los sacramentos.

En el sagrario, Cristo nos espera y una vez allí Cristo nos modela. Don Dámaso propone la oración silenciosa, larga, y sosegada como escuela de vida. Delante del sagrario es donde el Señor nos comunica su voluntad, donde nos da la fuerza y la valentía para cumplirla y nos sacia de su amor para compensarnos.

Don Dámaso proponía una dirección espiritual “libre, seria, constante, dócil”. No por obligación, sino porque el deseo de buscar a Jesús te hace ponerte bajo el cuidado de los pastores que el envía, con trasparencia absoluta y obediencia pronta y alegre.

Yo personalmente he podido descubrir cómo es necesaria una dirección espiritual bajo estas condiciones, concretamente cuando tenía 18 años. En aquel año empezaba la dirección espiritual pero no me tomaba en serio esas pautas que D. Dámaso recomendaba, de hecho hacía lo contrario, mentía y desobedecía, lo cual me llevó a un gran distanciamiento de Dios y a encontrarme, por eso mismo, con una vida vacía y sin sentido, en la cual había grandes pecados.

Una vez tocado suelo, al igual que el hijo pródigo, pude experimentar la misericordia de Dios y empezar de nuevo, eso sí, con la disposición de ser trasparente y obediente de forma totalmente libre. Esto permitió que en la dirección espiritual empezara a encontrarme con la voluntad de Dios, que no era capaz de entender por mí mismo en la oración, encontrando en el director un padre que no se cansa de escuchar y de corregir y que me acompaña en mi caminar hacia Dios.

Por último, los sacramentos son el don que Dios nos regala para acercarnos, de forma más clara, a Él y que D. Dámaso animaba a frecuentar, especialmente la confesión y la comunión frecuente, además del resto de sacramentos.

Es cierto que esta vida que D. Dámaso proponía es sencilla, pero esto no quiere decir que sea fácil, de hecho esta búsqueda del Señor conlleva a una coherencia de vida que requiere ir apartándose del mundo para ser más de Dios. En este punto hay quien puede vivir esto como una cruz, pero no olvidemos que en la vida las cosas que valen la pena cuestan, pero el fruto es la alegría del corazón. Y no olvidemos que Dios da la gracia a quien se la pide con confianza, así que no hay que asustarse ante la cruz. El mismo D. Dámaso decía hablando de este aspecto: “La cruz tiene siempre una fuerza de purificación, de redención, que prepara las grandes ascensiones de la vida cristiana, dispone para la oración perseverante, y nos hace apóstoles fecundos y misioneros sin fronteras…” o “¡un día sin cruz, qué cruz!”. Esto se debe a que la cruz nos hace santos, ser felices y animar con nuestra vida a que otros quieran ser santos.

Para terminar recordar la radicalidad evangélica de su vida y que él nos sigue proponiendo. Es difícil, pero Don Dámaso demostró que el amor a Dios todo lo puede. Además siempre contó con una ayuda especial: la Virgen María. El amor a Ella hace que hasta las penas más pesadas sean livianas y ligeras, por ello “siempre debemos reflejar su limpieza, participar de su santidad y ofrecer nuestras vidas para ser como Ella, instrumentos de salvación para este mundo tan necesitado de Dios…”. Me gustaría que Don Dámaso fuera modelo para mí en el sentirme hijo de la Purísima y siempre Virgen María. Me gusta recordar que él fue Párroco de la Basílica de la Purísima, y que lo fue de forma humilde, pero espiritualmente eficaz, llegando así a los corazones de muchos yeclanos. Sin duda, su gran amor a María adquirió un matiz especial durante su estancia en Yecla. Así lo dicen los que le conocieron y cuentan como hablaba D. Dámaso de la Virgen del Castillo, cuya foto se encontraba siempre en su casa.