Amor filial a la Santísima Virgen

Fundamental para nuestro biografiado el amor a la Santísima Virgen; comenzó en su infancia, lo cultivó en el Seminario con la consagración a Santa María Reina de los corazones y fue creciendo en su vida sacerdotal, fomentando su devoción y la imitación de sus virtudes. Era una experiencia filial, una experiencia de fuego; repetía que María desaparece de nuestra vista en la Sagrada Escritura envuelta en fuego, el fuego del Espíritu Santo.  

La inculcaba mucho a sus feligreses, seminaristas, sacerdotes, religiosas: 

“Un amor entrañable a la Virgen María, es desarrollo progresivo de nuestra fe. Vivir nuestra vocación en los brazos de María, es consecuencia de un amor filial en crecimiento”.

La verdadera devoción a la Virgen, llevará al cristiano a poner todo su empeño y corazón en:

– Conocerla, teniendo ideas claras y delicadeza de sentimientos con María. – Amarla, porque nadie ha amado tanto a María como Dios: su Padre, su Hijo y su Esposo. Y los grandes santos se han distinguido por un amor apasionado y gozoso a la Virgen.
– Imitarla: en su fidelidad al Espíritu Santo, en sus actitudes espirituales, en sus virtudes y en su vida de santidad.
– Invocarla: porque es Madre, Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora.
– Obsequiarla con actos que son de su agrado: actos de piedad, pequeños sacrificios, actos de caridad fraterna, de apostolado…
– Hablar de ella: ¡Con qué entusiasmo hablan de su madre los hijos enamorados de su bondad, de su belleza!¡Cómo les duele a los buenos hijos la indiferencia, el desprecio o la injuria¡ Y qué regocijo cuando se oyen alabanzas de ella, o al sentirse acariciados, defendidos o simplemente mirados por la madre!
– Hablar con ella: rezarle, confiarle las penas y las alegrías, los éxitos y los fracasos, los deseos y las esperanzas; pedirle ayuda y protección en las tentaciones, en los peligros, en las pruebas; descubrir su sentido maternal, abrirle el corazón, descansar en su regazo como el niño Jesús; hablar con ella con el alma encendida.

El Santo Rosario era una oración predilecta de D. Dámaso que rezaba todas las tardes, saboreando los misterios de Cristo y de María, que iluminan nuestro caminar cristiano.

“Miremos a María, nuestra Madre y Señora, Ma­dre del Sumo y Eterno Sacerdote Jesús, ideal de santidad, auxilio del pueblo cristiano, para que Ella, con su intercesión maternal y poderosa, nos alcance a todos la gracia de ser, antes que maestros del pueblo cristiano, discípulos aven­tajados y constantes del único Maestro, Cristo, el Señor”.