Nuestra filiación divina

“Sed, en fin, imitadores de Dios, como hijos amados, y caminad en el amor, como Cristo nos amó y se entregó por nosotros, en oblación y sacrificio de fragante y suave olor”. (Ef 5,2-2)

El misterio de Cristo es también nuestro misterio. Lo que ocurrió en la Cabeza debe también suceder en los miembros: Encarnación, Muerte, Resurrección.

Nuestra vida no es auténticamente cristiana si no contiene este triple riesgo... El Nuevo Testamento, en su conjunto, es un ir y venir hacia la Cruz y la Resurrección, escribe el teólogo Von Baltasar.

El tiempo de Cuaresma con su llamada constante a la práctica de la oración, del ayuno, de la limosna,
como nos recuerda el Evangelio del miércoles de ceniza, y a la conversión sincera del corazón y de la vida, es un entrenamiento costoso de todas las exigencias bautismales y que culmina este tiempo fuerte cuaresmal con la celebración del Misterio Pascual, que compromete a los bautizados a renunciar a los deseos mundanos y a seguir de cerca a Jesucristo, muerto y resucitado. “Y tu Padre, que ve en lo escondido, te premiará. (Mt 6,6)

Nuestra filiación divina:

La iniciativa de que el hombre llegara a ser hijo de Dios, por la gracia, tenía que ser necesariamente de Dios, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra... Y así piensa Él desde toda la eternidad. (Ef 1,1 y ss. Y 1Jn 3,1 ss.)

Dios es siempre para el hombre, misterio que se revela, verdad suma que sacia plenamente el entendimiento, Bien Sumo al que se abraza instintivamente la voluntad humana, amor que siempre es impensable, incomprensible, que se comunica generosamente y que nunca se cansa ni varía, ni se agota... Y Dios es siempre para la criatura: sorpresa, novedad, admiración, exigencia, “gozo que nadie puede arrebatarle” (Jn 16,22)

El hombre hecho a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26), por su inteligencia y su voluntad, por su libre albedrío, por su instinto y ansias de inmortalidad, por su deseo profundo de felicidad y por su hambre de eternidad, sin la gracia de la filiación se quedaría reducido a una criatura superior, rey de la creación... pero siempre limitado, finito, incapaz de alcanzar por sus fuerzas la dignidad y la categoría de hijo de Dios... que lo hace partícipe de la misma naturaleza de Dios, de la vida divina, que lo eleva, lo diviniza y sacia y colma los deseos más profundos de su corazón....

“Reconoce, cristiano, tu dignidad -exclama el Papa S. León Magno- y hecho partícipe de la naturaleza divina, no vuelvas a las antiguas vilezas.”

Dios hecho hombre, hace al hombre hijo de Dios. El texto básico que nos revela y define la naturaleza de nuestra filiación divina lo encontramos en el prólogo del Apóstol Juan: “La Palabra era la Luz verdadera...Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios...” (Jn 1,11-15)

El hombre no nace hijo de Dios, nace criatura de Dios... porque el hijo de Dios no nace de la sangre ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de Dios.

Es en el Bautismo cristiano, en sus aguas consagradas por el Espíritu, donde tiene lugar el segundo nacimiento, el del “hombre nuevo, nacido del agua y del Espíritu” (Jn 3,5), y que así ya puede entrar en el reino de los cielos...

El bautizado recibe una vida nueva y es el mismo Espíritu Santo el que revela, realiza y certifica esta divina filiación (Ver Romanos 8,14-17).

Pero sólo Jesús es el Hijo natural de Dios: “Este es mi Hijo amado, el predilecto” (Mt 3,16-17).

La filiación divina del hombre tiene su nombre propio: es “hijo adoptivo”.

Jesús aclara: “Me voy a mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios” (Jn. 20,17).

“Porque en otro tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz”. (Ef 5, 8). La filiación adoptiva del hombre tiene diferencias notables con las adopciones humanas, ya que éstas vienen a reducirse, en último término, a una “ficción” de derecho, jurídica, totalmente extraña a la naturaleza del adoptado, aunque esta adopción humana le confiere al adoptado, ante la sociedad, unos derechos (llevar el apellido de los que lo adoptan, derecho a la educación y alimentación, a la herencia...).

En cambio, al adoptarnos Dios por hijos, nos infunde la gracia santificante, que es una participación real de la Vida de Dios; participación misteriosa pero verdadera. Es como una “transfusión de sangre divina” en el hombre, o mejor, como un “trasplante de corazón”, ya que así, el hombre “divinizado” puede amar a Dios y a los hombres con el mismo corazón de Jesucristo.

El que desciende con fe a este baño de regeneración, renuncia al diablo, y se entrega a Cristo, reniega del enemigo y confiesa que Cristo es Dios, se libra de la esclavitud y se reviste de la adopción, y vuelve del bautismo tan espléndido como el sol, fulgurante de rayos de justicia, y lo que es el máximo don: se convierte en hijo de Dios y coheredero con Cristo. (De un sermón atribuido a S. Hipólito).

El Espíritu Santo, con su Don de Piedad, me infunde, no sólo la virtud de la piedad por la que adquiero conciencia de que soy hijo de Dios, sino que me infunde también el Don de Piedad que me hace sentirme hijo de Dios las veinticuatro horas del día...

La fe en la paternidad universal de Dios, ofrece una indestructible unidad entre los hombres. Caridad y unidad hacen creíble y auténtica la fe cristiana (Melquiades Andrés).

Derechos de filiación divina:

Como hijo de Dios tengo el derecho de conocer a mi Padre Dios, que me ha dado esta vida sobrenatural.

La Sagrada Escritura nos revela la verdad y la vida de Dios; la teología nos lo explica, los místicos experimentan su presencia... los Salmos, casi todos, nos dan noticias de quién es Él, de cómo es Él, de cómo nos quiere Él... (Algunos de estos Salmos: 8, 17, 26, 102, 103).

Jesucristo pidió al Padre con su oración sacerdotal esta gracia: “Que te conozcan a ti, Padre, único Dios verdadero, y a tu Hijo Jesucristo” (Jn 17,3).

La creación entera canta la gloria de Dios... Su sabiduría, su poder, su hermosura, su amor. Pero sólo Jesucristo es la imagen perfecta del Padre, la más auténtica revelación del Padre: “Felipe, quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”. (Jn 14,9)

Derecho a la oración: Al coloquio filial y amoroso con mi buen Padre Dios, en la diversidad de sentimientos religiosos: Oración de alabanza y adoración, de acción de gracias, de súplica, de confianza, de intimidad, de intercesión...

Derecho a una educación conforme a la categoría de hijo de Dios, que la recibimos a través de la meditación habitual de la Palabra de Dios y a la lectura atenta de la palabra de la Iglesia. (2Tim 4,1-5)

Derecho a la alimentación: La Eucaristía contiene el Pan vivo bajado del cielo... (Todo el capítulo 6 de San Juan, sobre todo del 30 al final). Es un pan que cuando se recibe con las debidas disposiciones, nos nutre, nos fortalece, nos deleita, nos hace crecer y madurar, nos eleva...

San Agustín escuchó de Jesucristo estas palabras: “Soy alimento de hombres grandes: crece para que puedas comerme. Y no me convertirás en sustancia tuya, como haces con el pan de la panera; Yo te convertiré en Mí.”

San Ignacio de Antioquía: “Nadie se engañe; quien no está unido al altar, se priva del Pan de Dios.”

San Juan de Ávila escribía a un sacerdote: “El altar sea su deseo, su gozo y su descanso.”

Derecho a tomar estado: A través de las diversas vocaciones en la Iglesia, los hijos de Dios, si son fieles a la llamada de Dios, se desarrollan, se centran, se realizan plenamente, se sienten felices... son fecundos.

Derecho al cielo: De llegar a la casa del Padre después de nuestra peregrinación en la tierra. “Como sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama Abba (Padre). Así, ya no sois esclavos sino hijos; y si eres hijo eres también heredero por voluntad de Dios.” (GaL 4,6. 7; Y Jn 14 1-4). 

Deberes de la filiación divina:

Mi deber como hijo de Dios:

A) Escuchar su Palabra. Oír su voz y amarle con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas... (Dt 6,4-7. –entre otros muchos textos).

B) Obedecerle: “Porque estos mandamientos que yo te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance. (...) Sino que la Palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica” (Dt 30,11-14, entre otros textos)

C) Amar a los hermanos: Es el distintivo del discípulo de Jesús: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis

los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros ... En esto conocerán todos que sois discípulos míos...”(Jn 13,34-35).

Formamos una familia.

D) Ser apóstol de Cristo: “¡Ay de mi si no anuncio el Evangelio!” ...“Me hago débil con los débiles para ganar a los más débiles, me hago todo para todos, para salvarlos a todos”(1ªCor 9,16.22ss).

Todo lo hago por el Evangelio.

Un experimentado director espiritual repetía: El cristiano, por estar bautizado tiene que ser santo y apóstol... Y de este principio básico sacaba todas las consecuencias lógicas de una vida cristiana: entrega total y sin condiciones a Dios y a los hermanos... Y nos recordaba las tres armas siempre eficaces e indispensables del apóstol: oración, ejemplo y palabra. La más excelente, la oración.

E) Confiar filialmente en Él, en su providencia, en su amor. “El Padre me ama”.(Mt 6,25ss.).

“Mi pasado, mi presente y mi futuro, están en las manos de un Dios que me ama.” (P. José Rivera).

F) Preferirlo: “Al Señor tu Dios adorarás y a Él sólo servirás” (Lc 4,8). “Los dioses y señores de la tierra no me satisfacen” (Salmo 15,2ss).

G) Aspirar seriamente a la santidad cristiana. “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48).

Docilidad al Espíritu Santo para que sea Él quien nos transforme en “imagen viva de Jesús” (Rom 8,9).

Santidad cristiana que pide el ejercicio de las virtudes teologales: 1ªTes 1,8ss. y Col capítulo 3: “Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios......”. A partir del v.5, el Apóstol enumera una lista larga de virtudes morales, que tiene que practicar el cristiano. También se puede ver con gran provecho espiritual, Romanos 12,1-18 y 1ª Juan 2,1-18

Jesús Maestro y modelo de los hijos de Dios

Jesús vive con total y absoluta perfección su condición de Hijo de Dios; podemos decir que toda su espiritualidad, su vida ascética y contemplativa, tiene como base la vivencia ininterrumpida de su filiación divina: La Encarnación.


(Heb 10,5-7: “Por eso al entrar en este mundo dice: “Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo....a hacer, oh Dios, tu voluntad!”).

La palabra “Padre” no se cae de los labios de Jesús: Su escapada al Templo (Lc 2,49); Getsemaní (Lc 22,44); su muerte en la cruz (Lc 23,43)...

Los escrituristas cuentan casi un centenar, las veces que Jesús habla del Padre, solamente en Juan. “Yo siempre hago lo que agrada a mi Padre” (Jn 8,29). (Obedecer es bueno; agradar es lo perfecto).

Otro texto: Jn 10,22ss: ....“Las obras que hago en nombre de mi Padre, dan testimonio de mí... –Y en el v.30: “El Padre y yo somos una sola cosa”.

María, hija predilecta del Padre y Esposa virginal del Espíritu Santo, nos da a luz a nosotros entre dolores de parto, en el Calvario, junto al Hijo moribundo que le entrega su madre a Juan, el discípulo virgen, que la acogió como “cosa suya”. Fue la última gran donación de Jesús

Así lo vivió Jesús, y nos entregó su Espíritu para que así lo vivamos nosotros. Por eso, fieles a su recomendación, y siguiendo su enseñanza, nos atrevemos a decir: “Padre nuestro que estás en el Cielo.....”

Padre mío,
Me abandono a Ti.
Haz de mí lo que quieras.
Lo que hagas de mí
te lo agradezco,
Estoy dispuesto a todo,
Lo acepto todo.
Con tal que tu voluntad se haga en mí
Y en todas tus criaturas,
No deseo nada más, Dios mío.
Pongo mi vida en tus manos.
Te la doy, Dios mío,
Con todo el amor de mi corazón,
Porque te amo,
Y porque para mí amarte es darme,
Entregarme en tus manos sin medida
Con infinita confianza,
Porque tú eres mi Padre.
(Fr Charles de Jesús)

D. Dámaso Eslava, sacerdote. Unión Apostólica. Murcia.