La vocación sacerdotal, por D. Dámaso

“Y ninguno se toma a sí mismo este honor, 
sino el que es llamado por Dios, como Aarón”. He 5,4
                                                            “Fui yo, quien os elegí a vosotros”. Jn 15,16

La gracia de la vocación, dice el papa Pablo VI, depositada por Dios en un alma, no es otra cosa en el fondo, que una aportación más abundante de Caridad divina, destinada a su Iglesia para la edificación del Reino de Dios en la tierra. (12 de mayo de 1970).

Y el 18 de marzo de 1967, escribía también el mismo Papa: “La vocación viene de Dios directamente, como rayo de luz que llega a los más íntimos y profundos recodos de la conciencia, y se expresa prácticamente en una estrega total de la vida al único y supremo amor; al amor de Dios y de los hermanos que de él se deriva y forma una sola cosa con él”.

Pero antes de entrar más a fondo en el análisis de la vocación sacerdotal, es preciso que, llevados de la mano de Juan, el discípulo predilecto del Señor, el apóstol virgen, reflexionemos sobre las disposiciones o actitudes previas para percibir y recibir esta llamada divina y para responder decididamente con un SÍ generoso y valiente a la invitación de Jesús a seguirle más de cerca, a ser sacerdote con todas sus radicales exigencias, y fecundas y bellas consecuencias.

Los primeros jóvenes que se acercaron a Jesús, una vez que Juan el Bautista se los presentó (“Éste es el cordero de Dios…” Jn 1,35), ya no le dejaron, porque estaban preparados para un encuentro que había de ser definitivo con el Salvador.

La vida de aquellos hombres estaba totalmente orientada hacia el Mesías que había de venir, que ya estaba próximo… a quien ya esperaban con impaciencia (Jn 1,35):

A) Eran discípulos de Juan, el Precursor, y ardían en deseos de que llegara el Mesías, de conocerle, de poder acercarse a Él, ser sus discípulos, acompañarle, trabajar con Él, para Él…

B) Con Juan vivían un clima caliente de oración (Lc 11,1). Era constante su súplica al Padre para que enviara pronto al Salvador de Israel, anunciado por los Profetas (Lc 7, 18).

C) La escuela de Juan se caracterizaba por una vida de austeridad impresionante, por una ascesis seria y saludable, opuesta radicalmente a los criterios y modas del mundo. El decreto Optatam Totius del Vaticano II sobre la formación sacerdotal, insiste reiteradamente en que los aspirantes al sacerdocio sean formados en este espíritu para ahondar así en el misterio de la Iglesia. En el número 9 dice:
“… Entiendan con toda claridad los alumnos que su destino no es el mando ni son los honores, sino la entrega total al servicio de Dios y al ministerio pastoral. Con singular cuidado edúqueseles en la obediencia sacerdotal, en el tenor de vida pobre y en el espíritu de la propia abnegación, de suerte que se habitúen a renunciar con prontitud a las cosas que, aun siendo lícitas, no convienen, y a asemejarse a Cristo crucificado…”
D) Aquellos discípulos de Juan estaban acostumbrados a una dirección espiritual firme y segura, luminosa y estimulante para prepararse con él y como él al encuentro tan deseado con el Salvador. “Señor enséñanos a orar, como Juan enseñaba a sus discípulos”. Lc 11,1

Una ascética cristiana exigirá siempre un control y mortificación de los instintos carnales, una disciplina de los sentidos, una liberación del espíritu y de los criterios mundanos. 1Jn 2,15-17

Un himno de la Liturgia de las Hora recoge bellamente los sentimientos y el gozo de los dos primeros discípulos que descubrieron a Jesús:

Muchas veces, Señor, a la hora décima,
-sobre mesa en sosiego-
recuerdo que, a esa hora, a Juan y a Andrés
les saliste al encuentro,
ansioso caminaron tras de ti….
“¿Qué buscáis…?” les miraste. Hubo silencio.

El cielo de las cuatro de la tarde
halló en las aguas del Jordán su espejo,
y el río se hizo más azul de pronto,
¡el río se hizo cielo!
“Rabí, -hablaron los dos-, ¿en dónde moras?”
“Venid, y lo veréis”. Fueron y vieron…

“Señor, ¿en dónde vives?”
“Ven, y verás” y yo te sigo y siento
que estás… ¡en todas partes!
¡y que es tan fácil ser tu compañero!

Al sol de la hora décima, lo mismo
que a Juan y a Andrés
-es Juan quien da fe de ello-,
lo mismo, cada vez que yo te busque,
Señor, ¡sal a mi encuentro! 

(Vísperas del Lunes de la semana III).

Un ejemplo muy aleccionador de lo que estamos diciendo y que a la vez confirma la doctrina expuesta, lo podemos encontrar en “El Maestro Juan de Ávila” de Baldomero Jiménez Duque:

En 1517, estando en Salamanca…. le hizo nuestro Señor merced de llamarle con un muy particular llamamiento, y, dejando el estudio de las leyes, volvió a casa de sus padres. García Morales, S.J., recoge esta anécdota: “siendo mozo de edad de catorce años le envió su padre a Salamanca a estudiar leyes, y poco tiempo después de haberlas comenzado le hizo nuestro Señor la merced de llamarle a la vida perfecta con un particular llamamiento y eficaz vocación, y fue en la ocasión de donde menos se esperaba, porque, hallándose en unas fiestas de toros y cañas en aquella ciudad, le presentó el Señor tan vivamente las miserias del mundo, el descuido de su muerte y el olvido del camino de su salvación, que, reprehendiéndose a sí de cuán embebido estaba en aquella vanidad con todos los demás y gran descuido de Dios de su cuenta, se salió dellas con otros espíritus de los que entró en ellas. Fuese a su casa, gastó grandes ratos en la consideración de las cosas del mundo, de su bajeza y vileza. Salió tal della, que se determinó de dejar el estudio de las leyes y atender solo a las de Dios, y en una vida recogidísima y santa, servirle de veras. Dejó a Salamanca; vino a casa de sus Padres pidiéndoles le dejasen estar en un aposento apartado de la casa en vida más que solitaria y sirviendo de veras a Dios. Ellos consintieron con su deseo e intento, porque no se les fuese de su casa, porque le amaban tiernamente como a único…” (pp. 30 -31 de la 1º ed).

A conseguir este ideal apuntan estas palabras de Pablo VI, hablando de los seminarios:

“Será preciso trabajar decididamente para volver a alzar su nivel espiritual, y para que vuelvan a ser, como fueron siempre en la Iglesia, lugares verdaderamente privilegiados de piedad, estudio y disciplina. Deberá disiparse con todas las fuerzas el clima de conformidad con el mundo, de relajación en espíritu de oración y de amor a la Cruz, que con frecuencia trata de penetrar en no pocos de ellos, si no queremos ver comprometidos, los más generosos esfuerzos en este sector tan delicados y vital para la Iglesia”.

Juan XXIII, siendo visitador de los seminarios europeos durante la II Guerra Mundial, decía el 16 de mayo de 1946 del Seminario Diocesano de Volfratshaunsen después de visitarlo: “la rústica capilla de los seminaristas prisioneros, parecía el Cenáculo incandescente de fe, de juventud mortificada y también vibrante de vivísima piedad”.

La pastoral de vocaciones, tan importante en una diócesis, debe tener conciencia clara de que antes de sembrar el germen de la vocación o de ayudar a los jóvenes a descubrirla, debe de cultivar con mucho interés y esmero la vida de oración, la limpieza moral, el amor sincero a Jesucristo, la recepción del sacramento de la Penitencia y la Eucaristía, el celo apostólico y el mejor servicio a la Iglesia.

Las muchas y selectas vocaciones que salieron de los Centros de la Juventud de A.C. en años pasados, y las que actualmente brotan con normalidad de algunos movimientos, grupos, comunidades y diversas organizaciones de la Iglesia, confirman claramente la necesidad de cultivar en profundidad una vida espiritual auténtica, para que la llamada de Dios pueda ser escuchada con atención y seguida con fidelidad y gozo.

La llamada inicial por parte de Dios, puede darse en las más variadas situaciones y circunstancias personales:

-En ambiente profano y hasta de pecado, como la vocación de Mateo. (Mt 9, 9-13)

-En el trabajo ordinario de cualquier profesión, como las vocaciones de Juan y Santiago, y las de Andrés y Pedro. (Mt 4, 18-22)

-En una fiesta de toros como a San Juan de Ávila.

-En algunos de aquellos jóvenes que seguían a Jesús interesados por conocer su mensaje, atraídos por la persona del Maestro. (Lc 6, 12-19)