Encontré en D. Dámaso un maestro

Cuando D. Dámaso llegó a San Pedro del Pinatar yo tenía 17 ó 18 años. Su influencia marcó profundamente mi vida.

Uno de sus objetivos al llegar a San Pedro fue trabajar con la juventud. Su predilección por los jóvenes era patente. A mi, me captó enseguida. Nos invitaba una noche cada semana a reunirnos con él, a ver cómo habíamos vivido la semana y reflexionar un punto del Evangelio. De ese diálogo brotaban consecuencias prácticas para nuestra vida. Nos explicaba con paciencia la Palabra de Dios, incluso nos preguntaba sobre el evangelio de la semana anterior, para que no quedase en el olvido.

Su presencia y su labor en nuestra parroquia fue providencial. Su apostolado infatigable cambió mucho la parroquia y creó una gran unidad entre todos los feligreses.

En las reuniones nos bombardeaba con ejemplos y eso calaba en nuestro corazón.

Pasados unos meses me eligió para ser presidente de los jóvenes de Acción Católica, se fió de mí y yo me sentía muy feliz a su lado.

Nos llevaba cada año una semana de ejercicios espirituales al santuario de la Purísima de Yecla, para renovar profundamente nuestra vida cristiana. El ejemplo de este sacerdote fue fabuloso. Nos recordaba que la casa había que empezarla bien desde los cimientos, “Ideas claras y una vida consecuente con esos principios”.

D. Dámaso fue poniendo esos cimientos en nuestra vida, que haría de nosotros hombres responsables, honrados ciudadanos y buenos cristianos.

Tenía una habilidad extraordinaria para llevarnos a su terreno. Nos animaba a vivir el Evangelio, pero sobre todo su vida desprendía la fragancia de Cristo. Su humildad y su sencillez eran apabullantes. Al celebrar los Sacramentos, sólo pedía la voluntad, no exigía nada. Nunca buscaba honores, ni dinero, ni gloria mundana.

El ejemplo es lo que vale, y el ejemplo de D. Dámaso nos arrastraba, pues predicaba con el ejemplo. Vivía voluntariamente la pobreza, para imitar a Jesucristo, que siendo rico se hizo pobre por amor a nosotros. Resaltaría también que era un hombre equilibrado, de una dulzura extraordinaria en su carácter, estaba siempre alegre, era un hombre enamorado de su vocación. Era un sacerdote verdaderamente feliz.

Muchos domingos los jóvenes íbamos con él a visitar a los enfermos, lo veíamos colocar debajo de la almohada del enfermo una limosna y eso, sin decir nada, nos convencía de su buen hacer.

Procuraba enterarse de las necesidades de todos los feligreses, se desvivía por los pobres. Lo daba todo. Prefería pasar falta a que la pasaran los demás.

Era un sacerdote profundamente espiritual, pero a la vez muy humano, muy cercano…

Su influencia en mi vida se prolonga hasta hoy, que vivo cuidando de mi mujer ya dieciséis años enferma, intentando con la ayuda de Dios ser fiel a mis promesas matrimoniales. Para concluir, quisiera contar dos anécdotas que tienen mucho que ver con el ejemplo de aquel hombre de Dios: Cuando me hicieron director de las Salinas de San Pedro del Pinatar, tenía a mi cargo trescientos hombres y procuré siempre tratarlos con gran bondad como D. Dámaso hacía con todos (nunca lo vi enfadado), y cuando me equivocaba u ofendía a algún empleado procuraba llamarlo a mi despacho y pedirle perdón. Y por el austero estilo de vida de D. Dámaso, renuncié a vivir en el chalet del director de las Salinas, con ocho criadas a mi servicio y al coche oficial con chofer. Procuraba imitarlo en su bondad, humildad y sencillez.

Podría resumir este testimonio que escribo con inmensa gratitud diciendo que D. Dámaso fue para mí un verdadero maestro.

TESTIMONIO DE FÉLIX MARTÍNEZ ESCUDERO SOBRE EL PRESBÍTERO DE LA DIÓCESIS DE CARTAGENA, D. DÁMASO ESLAVA ALARCÓN.