Dña. Remedios Caro Orense, Secretaria de la Delegación de Catequesis de la Diócesis de Cartagena

«SI FUÉRAMOS TODOS BUENOS, EL MUNDO SERÍA MEJOR»

Conocí a D. Dámaso antes de jubilarse cuando aún vivían sus dos hermanas. Con su hermana Concha, la última que murió, me unía una gran confianza. Con ella hablaba en muchas ocasiones y reconocíamos las dos, en su hermano, las virtudes de un santo sacerdote.

Cuando se jubiló D. Dámaso iba todas las mañanas a la Parroquia de San Lorenzo, mi parroquia en Murcia, a ayudarle a D. Joaquín Hernández Bernal (el glorioso), que estaba allí de Párroco. Su hermana Consuelo, la gloriosa, lo colocaba todos los días entre los santos diciéndole: «D. Dámaso, usted es un santo de verdad porque sabe reír y llorar con la gente». D. Dámaso siempre le contestaba con su risa característica y su paciencia humilde.

En la Casa Sacerdotal, donde residió hasta su muerte, tenía ocasión de encontrarme con él casi todos los días, pues en la Casa Sacerdotal estaban en aquel tiempo las oficinas de la Delegación de Catequesis en la que yo aún trabajo. Siempre que me encontraba con él me decía: «Remedios, quieres ser santa y no eres buena», y yo le contestaba: «Padre ¿pues qué tengo que hacer? Él me contestaba: «Si fuéramos todos buenos, el mundo sería mejor; así que no eres buena», y se reía, no sé si de verme preocupada o como un modo de alabarme; así que nos separábamos riendo los dos.

Hacía limosnas y cuando eran cosas mayores me daba la dirección para enviarla por Correo. Las que más me acuerdo son las que enviaba a: “Iglesia Necesitada”. Me dejaba un papelito en mi oficina diciéndome: «Sube, (Él vivía en la sexta planta de la Casa Sacerdotal) que te dé para el Giro», y casi siempre eran 15.000 pts.

Los últimos recuerdos que tengo de él más espirituales fueron en el entierro de su hermana en la Parroquia del Carmen, a donde la llevaron para celebrar su funeral. Antes de comenzar la Santa Misa yo no me podía recoger ante el Señor por el aluvión de gente que venía al entierro. Saqué entonces un pequeño papel y el bolígrafo, y me puse a escribir una carta a la difunta. Yo le hablaba del Cielo y de lo feliz que estaría ya disfrutando de ver el rostro de Dios y a la Virgen Santísima, y le pedía a Concha: «Por favor, no le pidas al Señor que se lleve pronto a tu hermano Dámaso, para que goce de las delicias del Cielo que tú te has ido a contemplar y a gozar, porque aún hacen falta en la tierra sacerdotes santos como él» Cuando después se la entregué a D. Dámaso para que la leyera, me miró, con esa mirada expresiva, dulce y cariñosa que le caracterizaba, y me dijo: «¡Gracias! Lo que Dios quiera»

En algunas ocasiones me pedía que escribiera mi vida, y yo le decía: «Ya la tengo escrita, desde el año 1940, pero la espiritual... no». Él me insistía: «Pues, escríbela». Y empecé a escribirla durante el verano... Lo poco que había hecho, pues estuve todo el verano atendiendo al P. Bernardo O.F.M. que estaba ciego, quise entregárselo al volver del Campo y me encontré con la noticia de su fallecimiento.

¡Gracias! ¡Mil gracias, Señor!, por darme a conocer sacerdotes tan santos. Oh, Jesús, sigue ayudando y fortaleciendo a los que Tú has escogido para ser como Tú.