D. Joaquín Alarcón Millán, Sacerdote Diocesano

 (✞19-11-2016)

UNA VIDA PLENAMENTE SACERDOTAL

Conocí a D. Dámaso, siendo seminarista y me hizo de diacono en mi Primera Misa en el año 1947. Él era coadjutor del Carmen, y yo, después de dos años de cura en dos pueblecitos de la Mancha alba­cetense, volví de coadjutor al Carmen con D. Dámaso. Allí teníamos mucho trabajo desde las 7 de la mañana hasta las 2 de la tarde. Estábamos confesando en la Misa que decía el Sr. Cura, D. Mariano Aroca hasta que termi­naba la Misa de 9'30 y, después, a atender al despacho Pa­rroquial y la administración de los últimos Sacramentos. Como la Parroquia era muy grande, pues abarcaba lo que hoy son diez Parroquias: La Purísima, en la carretera de Alcantarilla, San Pío X, en la carretera del Palmar, Santiago el Mayor, en el camino de AIgezares, Los Dolores, en la carretera de Beniaján... Había días en los que dábamos el Viático y la Unción de Enfermos a 10 personas.

En la huerta de Murcia, a donde íbamos en una tartana, algunos do­mingos hacíamos hasta 16 bautizos, uno por uno. Los entierros, con despidos en la calle y habiéndoles ido a recibir a casa o cerca de casa, llegamos a tener en un sólo día, ocho entierros. Los entierros de primera hora, los hacía D. Dámaso y los de segunda hora, yo. Y, así, seguíamos toda la tarde hasta las nueve de la noche, atendiendo al confesionario y a los Movimientos de Acción Católica.

Tengo que decir que por la mañana, en medio del trabajo, nos escapábamos, D. Dámaso y yo, uno antes y otro después, a la Capilla de la Comunión para hacer, por lo menos, una hora de oración personal. A los dos años, salió D. Dámaso para San Pedro del Pinatar y yo para Monteagu­do.

Antes de seguir mis relaciones con D. Dámaso hablaré de otras cosas muy interesantes para la vida de D. Dámaso y para la mía. Un venerable sacerdote, que había sido Padre Espiritual del Seminario de Málaga, llamado: D. José Soto, empezó con un Movimiento, o mejor llamado, espiritualidad sacerdotal, que proponía tres consignas en la vida sacerdotal: oración personal, pobreza y atención preferente a sacerdotes y seminaristas.

D. José, estaba relacionado con algunos sacerdotes de Lérida, algunos de la Diócesis de Orihuela y en nuestra Diócesis de Cartagena, estaba el que hoy es Siervo de Dios, D. Diego Hernández, D. Dámaso, Don Pedro Espallardo y un servidor. Yo me incorporé a este grupo por el año 1951.

Más tarde, estando D. Dámaso en Yecla, tuvimos en el Castillo, donde se venera la Purísima, Patrona de Yecla, una convivencia dirigida por el Padre Soto, a la que asistieron entre otros, el seminarista: D. José Delicado Baeza, actual Arzobispo Emérito de Valladolid. En otra ocasión, participamos en unos Ejerci­cios Espirituales, en una Casa particular, que nos los dirigió D. Alberto, Director Espiritual del Seminario de Málaga.

En esta corriente de espiritualidad sacerdotal se daba mucha importancia a la Dirección Espiritual y, siguiendo el Código del 17, a la Confesión semanalmente, y se solía hacer.

Con estas inspiraciones, el Padre Soto, había fundado dos Movimientos de Mu­jeres llamados: las Teresas y las Avilítas, para el servi­cio de los sacerdotes. Las Teresas, se encargaban de cuidar la casa de los sacerdotes y de atenderlos a ellos. Las Avilistas, iban a los pueblos donde los sacerdotes las llamaban y les pro­porcionaban casa para atender a las mujeres de las Parroquia y a las jóvenes. Para ellas, no disponían de nada y comían de lo que la buena gente les llevaba. Si no le llevaban nada, pues no comían. Estas consagradas hacían una labor espiritual y humana fenomenal. D. Dámaso las tuvo en Yecla.

El Siervo de Dios, D. Diego Hernández y D. Dámaso formaban un tandem, dedicados principalmente a los sacerdo­tes y a los seminaristas. Ambos fueron en sus respectivas Diócesis. Directores de la Unión Apostólica, que atiende a los sacerdotes del Clero Secular.

Yo tuve a D. Diego de Director Espi­ritual desde el 1951, hasta su muerte en el año 1976. Después de una temporada, tuve a D. Dámaso de confesor y director espiritual hasta su muerte, también. D. Dámaso, es­tando yo en Villa Pilar, después de un infarto, un sobri­no mío, lo subía todas las semanas a Villa Pilar a con­fesarme.